Lifestyle: ¿qué reloj llevan los socios de los despachos?

La profesión que factura el tiempo en fracciones de seis minutos ha convertido el objeto que lo mide en su último signo externo admisible. Un recorrido por los códigos no escritos de la muñeca en los despachos españoles —y por sus consecuencias fiscales, que…

Ágora Legal

La profesión que factura el tiempo en fracciones de seis minutos ha convertido el objeto que lo mide en su último signo externo admisible. Un recorrido por los códigos no escritos de la muñeca en los despachos españoles —y por sus consecuencias fiscales, que existen.

Hubo una época en que el estatus del abogado se leía en tres o cuatro sitios a la vez: el coche aparcado en la puerta, la sastrería del traje, el tamaño del despacho, la altura de la planta. Casi todo eso ha desaparecido del campo visual. El coche está en un garaje que nadie ve; el traje se ha relajado hasta el punto de que en muchas firmas la corbata sobrevive solo los días de vista; el despacho, con el trabajo en remoto, puede ser perfectamente una habitación de casa con una estantería detrás. De todo el antiguo repertorio de señales queda una que sigue estando siempre a la vista, incluso en videoconferencia, incluso cuando se firma un documento sobre la mesa: la muñeca izquierda.

De ahí que el reloj se haya convertido, casi por eliminación, en el objeto más elocuente de la profesión. Y también en el más regulado por normas que nadie ha escrito nunca.

La primera regla: que no se vea desde el otro lado de la mesa

El código dominante en la abogacía española de negocios es la contención. No es una regla estética, es una regla de negocio: el cliente que está pagando una minuta de seis cifras no quiere deducir de un vistazo cuánto de esa minuta acabó en la muñeca de su abogado. El reloj que funciona en una sala de reuniones es el que se reconoce solo si uno ya sabe lo que está mirando.

De ahí se derivan las convenciones habituales. Diámetro contenido —entre 36 y 40 milímetros, rara vez más—, esfera limpia, sin bisel giratorio ni escalas de taquímetro, y una preferencia clara por la correa de piel sobre el brazalete de acero en los perfiles más institucionales. El brazalete, además, tiene un inconveniente práctico que cualquiera que haya intervenido en una vista conoce: hace ruido contra la mesa del estrado y los micrófonos de sala lo recogen con una fidelidad injusta.

La segunda regla, más sutil, es que el reloj no debe contradecir el discurso. Un abogado que acaba de explicar al consejo de administración por qué conviene una política de austeridad y refuerza el argumento apoyando en la mesa una pieza de oro con bisel de cerámica ha perdido la sala antes de la primera pregunta.

Cinco perfiles y sus relojes

El socio director. Es el territorio del Rolex Datejust de 36 o 41 milímetros —acero, bisel liso o estriado, esfera sobria—, del Cartier Tank y, cada vez más, del Cartier Santos. El Datejust funciona porque es simultáneamente reconocible y neutro: nadie puede acusar de ostentación a quien lleva el reloj más convencional del mundo. El Tank, con su caja rectangular de 1917, opera en otra clave: es el reloj de quien quiere señalar gusto en lugar de éxito.

El procesalista. Aquí manda el cronógrafo, con el Omega Speedmaster a la cabeza, seguido del Tudor Black Bay y del IWC Portugieser. Hay una lógica en ello: el litigador vive de plazos, de señalamientos y de suspensiones, y el cronógrafo es la única complicación que tiene una utilidad narrativa evidente aunque nunca se use. Se lleva por lo que significa, no por lo que hace.

El fiscalista y el abogado de operaciones. El extremo opuesto del espectro visible. Patek Philippe Calatrava, Vacheron Constantin Patrimony, A. Lange & Söhne Saxonia: relojes que solo identifica quien entiende, que valen varias veces lo que un Rolex deportivo y que en una foto de grupo pasan por un reloj de vestir cualquiera. Es el lujo entendido como información asimétrica, que es también, no por casualidad, la definición del oficio.

El asociado. El segmento más interesante, porque es donde de verdad se están moviendo las cosas. Tissot PRX, Hamilton, Longines, Nomos Glashütte, Seiko y Grand Seiko en su gama de entrada, y una parte creciente de marcas independientes de venta directa. Son relojes que rondan entre los 400 y los 3.000 euros y que en muchos casos están mejor elegidos que los de sus socios: el asociado de treinta años ha leído foros, conoce los calibres y sabe exactamente qué está comprando. El socio de cincuenta, a menudo, heredó el criterio del escaparate de una joyería.

El que no lleva reloj de reloj. El Apple Watch ha entrado en los despachos por la puerta de la salud y del calendario, no por la del estilo, y su presencia en sala plantea un problema real: un dispositivo conectado que vibra durante la declaración de un testigo es, como mínimo, una descortesía procesal, y en algunos órganos una fuente de incidentes. La solución más extendida es la más pragmática: reloj mecánico para vista, reloj inteligente para el resto de la vida.

El Reverso, o por qué hay un reloj que parece diseñado para abogados

Si hubiera que elegir un reloj emblemático de la profesión jurídica, sería el Jaeger-LeCoultre Reverso, y no por casualidad. Nació en 1931 a partir de un encargo formulado por el empresario César de Trey: los jugadores de polo rompían el cristal de sus relojes durante los partidos y hacía falta una caja que pudiera girarse para proteger la esfera. El resultado fue una caja reversible de líneas art déco que, sin proponérselo, dejó a la vista un dorso liso de acero.

Ese dorso liso es lo que ha convertido al Reverso en un objeto de biografía. La propia manufactura ofrece el grabado como servicio, y ahí es donde el reloj se cruza con la profesión: fechas de colegiación, fechas de nombramiento como socio, iniciales de un despacho, referencias de una sentencia. Es probablemente el único reloj que puede llevar inscrita una resolución judicial sin resultar ridículo.

Tiene además una virtud práctica que el resto no ofrece. Girada la caja, el Reverso deja de ser un reloj y pasa a ser una pieza de metal anónima. Quien no quiera que un tribunal, una contraparte o un cliente lea nada en su muñeca dispone de un mecanismo de discreción incorporado de fábrica.

El reloj como activo: el mercado ya no es el de 2021

Conviene desmontar una idea que se instaló en la profesión durante la burbuja de 2020-2022, cuando cualquier deportivo de acero se revalorizaba mientras esperaba en la caja fuerte. Aquello se corrigió con dureza entre 2022 y 2023 y el mercado lleva desde entonces buscando un equilibrio distinto: las tarifas oficiales siguen subiendo —Rolex confirmó en enero de 2026 incrementos de entre el 2,5 % y el 6 % según modelo, con las referencias de oro por encima de las de acero—, pero el mercado secundario ya no acompaña automáticamente, y varias referencias que fueron inaccesibles se encuentran hoy a precio de catálogo o por debajo.

La consecuencia práctica es sencilla: quedan muy pocos relojes que sean a la vez un objeto de uso y una inversión, y quien compra pensando en lo segundo suele estar equivocándose en lo primero. Los criterios que sostienen el valor son conocidos —escasez controlada, reconocimiento global de marca, documentación completa, relevancia histórica de la referencia— y cumplirlos todos es la excepción, no la regla.

La parte que sí es jurídica

Nada de esto es fiscalmente neutro, y merece la pena decirlo en una publicación jurídica porque en la práctica se ignora con notable alegría.

El reloj de ascenso a socio. La costumbre de obsequiar una pieza al alcanzar la condición de socio, o al cumplir determinada antigüedad, es una retribución en especie a efectos del IRPF. Debe valorarse e integrarse en la base imponible del perceptor, con el correspondiente ingreso a cuenta por parte del despacho. No es un detalle ni un regalo entre personas: hay una relación de servicios detrás.

La venta con plusvalía. La transmisión de un reloj por importe superior al de adquisición genera una ganancia patrimonial que se integra en la base del ahorro. El hecho de que la operación se haya realizado a través de una plataforma extranjera de segunda mano no altera esa conclusión, aunque sí complica la prueba del valor de adquisición si no se conservan factura y documentación.

El Impuesto sobre el Patrimonio. Las joyas y los objetos suntuarios se computan por su valor de mercado en la fecha de devengo, es decir, a 31 de diciembre. Una colección de cierta entidad es patrimonio declarable, por más que la práctica habitual sea otra.

Y el pago en efectivo. El límite general para pagos en efectivo en operaciones en las que una de las partes actúa como empresario o profesional está en 1.000 euros. Dado que quienes comercian con joyas y metales preciosos son además sujetos obligados por la normativa de prevención del blanqueo de capitales, la compraventa de relojes de alta gama es un terreno con más obligaciones formales de las que el comprador medio imagina.

Coda

Queda la ironía de fondo, que es demasiado buena para dejarla pasar. La abogacía es probablemente la única profesión que ha convertido el tiempo en su unidad de facturación, que lo trocea en fracciones de seis minutos y que discute con los clientes sobre décimas de hora. Que su objeto de estatus por excelencia sea precisamente un instrumento de medición del tiempo —y que ese instrumento sea, en la mayoría de los casos, mecánicamente menos preciso que el teléfono que lleva en el bolsillo— dice bastante más de la profesión que cualquiera de las marcas citadas.

Al final, el mejor reloj para un abogado sigue siendo el que le permite mirar la hora sin que nadie en la sala se dé cuenta de que lo ha hecho.