Agosto es el único mes que el legislador declaró inhábil, y sin embargo media abogacía lo pasa contestando correos desde la toalla. Descansar no es una debilidad ni un capricho: es una exigencia de salud acreditada por los datos y, cada vez más, un deber de diligencia frente al cliente. El bufete que sabe cerrar bien en agosto es, casi siempre, el que mejor trabaja en septiembre.
El mes que inventó el descanso (con asteriscos)
Cada año, hacia el 20 de julio, los despachos españoles celebran su liturgia estival: se activan las respuestas automáticas, se prometen cierres «salvo urgencias» y se invoca el artículo 183 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que declara inhábiles los días de agosto —y, desde la reforma de la LO 14/2022, también los comprendidos entre el 24 de diciembre y el 6 de enero— para todas las actuaciones judiciales, salvo las urgentes.
Pero el descanso del abogado español es un descanso con asteriscos. Quien ejerce lo penal sabe que agosto es un decorado: para la instrucción de las causas criminales todos los días del año son hábiles (artículo 184 LOPJ), y las guardias, detenciones y medidas cautelares no leen el calendario. Quien ejerce lo administrativo lo sabe todavía mejor: la inhabilidad de agosto es judicial, no administrativa. En vía administrativa, la Ley 39/2015 solo excluye del cómputo sábados, domingos y festivos, de modo que el trámite de alegaciones de un expediente sancionador o el mes del recurso de alzada corren alegremente mientras el interesado hace esnórquel. Y en lo contencioso, el artículo 128.2 LJCA suspende los plazos en agosto con la excepción, precisamente, del procedimiento de protección de derechos fundamentales. Agosto, en fin, no es una tregua: es un campo de minas con sombrilla. Razón de más para planificarlo, no para negarlo.
Los datos que nadie cuelga en LinkedIn
La cultura del sector sigue premiando la disponibilidad perpetua como si fuera una virtud deontológica. Los datos dicen otra cosa. El I Estudio sobre salud mental de la abogacía madrileña, elaborado por el ICAM a través de la Fundación ICAM-Cortina con más de mil participantes, arroja un retrato incómodo: dos de cada tres profesionales han sufrido ansiedad, cerca de la mitad ha experimentado fatiga y pensamientos asociados a la depresión en el último año, y en torno a una cuarta parte se ha planteado dejar la profesión. El dato más elocuente para este artículo es otro: cuatro de cada diez pensaron en darse un descanso… y no llegaron a dárselo.
No es un fenómeno madrileño ni reciente. El estudio del Instituto de Salud Mental de la Abogacía junto a Lefebvre ya señalaba que alrededor del 81 % de los abogados duerme menos de lo recomendado y que más del 80 % preferiría ganar menos a cambio de recuperar tiempo personal. La paradoja es cruel: una profesión que vive de la lucidez ajena administra la propia como si fuera un recurso infinito. No lo es. La atención, como los plazos, también caduca.
El legislador va por delante del sector
Lo llamativo es que el ordenamiento ha empezado a reconocer lo que la cultura profesional todavía niega. La inhabilidad navideña de 2022 se aprobó invocando expresamente el derecho al descanso y a la conciliación de quienes se relacionan con la Administración de Justicia. Y la Ley Orgánica 5/2024, del Derecho de Defensa, ha dado el paso simbólicamente más importante: reconoce a los profesionales de la abogacía el derecho a la conciliación y a los permisos de maternidad y paternidad, y les permite solicitar la suspensión de actuaciones o un nuevo señalamiento por causas de fuerza mayor —nacimiento y cuidado de menor, hospitalización o fallecimiento de familiares, enfermedad del propio letrado—. Que haya hecho falta una ley orgánica para admitir que un abogado puede ponerse enfermo dice mucho del punto de partida.
Otros ordenamientos llegaron antes. Italia consagró en 1969 la sospensione feriale dei termini, hoy del 1 al 31 de agosto: medio siglo asumiendo con naturalidad que la justicia puede respirar un mes sin que se caiga el Estado de Derecho. Cuando el propio legislador organiza el descanso, seguir presumiendo de no descansar deja de ser heroico y empieza a ser, sencillamente, anacrónico.
Descansar también es diligencia
Y aquí está el giro que conviene interiorizar: las vacaciones no son solo un derecho del abogado; son un interés del cliente. Nadie querría un cirujano en su hora treinta de quirófano, y la aviación limita por norma las horas de vuelo de sus pilotos porque la fatiga mata. Lo que un abogado administra —la libertad, el patrimonio, la reputación de las personas— no tolera peor el cansancio: lo disimula mejor. La fatiga de decisión no avisa; simplemente hace que el escrito de septiembre sea un poco peor, que el matiz decisivo pase inadvertido, que la estrategia se elija por inercia y no por juicio.
El deber deontológico de diligencia incluye, aunque no lo diga con estas palabras, el deber de estar en condiciones de ejercerla. El cliente no está mejor defendido por el letrado que contesta WhatsApps desde la hamaca con media atención, sino por el que ha organizado su ausencia, ha dejado el expediente cubierto y vuelve en septiembre con la cabeza afilada. Es más: el modo en que un despacho gestiona agosto es una radiografía de su seriedad. El que improvisa el cierre transmite caos; el que lo planifica transmite método. Curiosamente, el «cerrado por vacaciones» bien ejecutado genera más confianza que la falsa disponibilidad total.
El arte de cerrar bien
Cerrar bien es una técnica, y se parece mucho a instruir un buen procedimiento. Empieza en julio con un esprint de cierre: identificar todo lo que no se detiene —instrucciones penales vivas, plazos administrativos que siguen corriendo, cautelares susceptibles de urgencia— y despacharlo o dejarlo blindado antes del día 31. Sigue con un sistema de guardias real, no decorativo: un compañero con acceso a los expedientes, un canal único de urgencias y el procurador avisado. Continúa con la comunicación al cliente, hecha con antelación y sin pedir disculpas: fechas, persona de contacto, qué se considera urgente y qué no. Y culmina con la parte más difícil, la desconexión efectiva: notificaciones fuera del móvil, el correo delegado y la disciplina de no «mirar un momentito», porque ese momentito es la puerta por la que agosto se convierte en julio con peor wifi.
Coda
Si hace unas semanas sosteníamos en esta misma sección que la autoridad también se viste, hoy toca completar la tesis: la autoridad también se descansa. El abogado que presume de no cogerse vacaciones no está exhibiendo compromiso, sino un problema de organización —el suyo— que antes o después pagará un tercero —su cliente—. El mejor escrito de septiembre se empieza a redactar en agosto, lejos del expediente, cuando la cabeza por fin deja de litigar consigo misma. Descansar no es dejar de ser abogado durante un mes: es la condición para seguir siéndolo, y bien, los otros once.
