Lifestyle: Chulilla, el verano está río arriba

A una hora de la costa, el Turia ha excavado un cañón de aguas turquesa, puentes colgantes y un castillo que sirvió de cárcel de clérigos. Durante más de cinco siglos, casi todo lo que se ve aquí perteneció al obispo de València. El…

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A una hora de la costa, el Turia ha excavado un cañón de aguas turquesa, puentes colgantes y un castillo que sirvió de cárcel de clérigos. Durante más de cinco siglos, casi todo lo que se ve aquí perteneció al obispo de València.

El verano valenciano tiene una dirección por defecto: hacia el mar. En agosto la costa se llena y el interior se vacía, como si la provincia entera se hubiera puesto de acuerdo en olvidar que tiene montaña. Y sin embargo, a poco más de sesenta kilómetros de la capital, el mismo río que València domesticó tras la riada de 1957 y convirtió en jardín baja todavía salvaje entre paredes de roca de más de cien metros. Basta con ir en sentido contrario: no hacia la desembocadura, sino río arriba.

Ahí está Chulilla, colgada sobre una hoz del Turia en la comarca de Los Serranos, con un castillo en la cima y el casco antiguo derramándose por la ladera. En los últimos años se ha puesto de moda —conviene saberlo antes de ir— y los fines de semana y festivos hay cola. Pero un día de diario, a primera hora, sigue siendo uno de los rincones más espectaculares del interior valenciano.

La baronía del obispo

Las rutas de senderismo de Chulilla arrancan todas de la plaza de la Baronía. El nombre no es decorativo: durante más de cinco siglos, este pueblo fue la capital de un señorío eclesiástico.

La historia empieza donde empiezan tantas en el Reino de Valencia. En 1236, el rey musulmán Abu Zayd incluyó el castillo y la villa de Xulella entre las donaciones que hizo a la Iglesia de Segorbe. Tras la conquista, hacia 1248, Jaime I entregó vitaliciamente a Pere Escrivá el castrum et villam de Xulella, pero fue un paréntesis de señorío militar. En 1274 se instituyó formalmente la Baronía de Chulilla —que incluía Losa y, desde 1300, el Villar— sobre el territorio del antiguo distrito islámico del castillo, y se entregó al Cabildo y al obispo de València.

Lo notable es la persistencia. Aquel territorio, heredero de un distrito musulmán, apenas cambió durante casi un milenio: el castillo y sus límites fueron respetados por los conquistadores cristianos hasta bien entrado el siglo XIX. Chulilla fue primero la cabeza de la baronía, hasta que el crecimiento del Villar —que hoy se llama, no por casualidad, Villar del Arzobispo— lo convirtió en capital en el siglo XVIII. La disolución llegó con la abolición de los señoríos: el viejo territorio del arzobispo-barón se desgajó en tres municipios distintos —Chulilla, Villar del Arzobispo y Losa del Obispo— cuyos nombres siguen delatando, dos siglos después, a quién pertenecieron.

Para quien se dedica al derecho público hay un detalle que resume mejor que ningún otro qué significaba aquel poder. El castillo, cumplida su función militar, se usó durante buena parte de su historia como prisión eclesiástica: cárcel de clérigos por orden de San Juan de Ribera, patriarca y arzobispo de València. El señor de la villa tenía su propia fortaleza, y en ella encerraba a los suyos.

El castillo y el pueblo

Se sube andando desde el pueblo. El castillo, de origen musulmán —probablemente del siglo XII— y reformado en 1838, es hoy una ruina consolidada de acceso libre, propiedad del ayuntamiento. Conserva antemuralla, torre albarrana, un bastión circular, aljibes y el recinto señorial, y desde arriba se domina el cañón del Turia en los cuatro puntos cardinales. Ocupado en las guerras de Sucesión y de la Independencia, fue tomado en las carlistas por las tropas de Cabrera y reconquistado después por las isabelinas tras varios asedios.

El casco antiguo, apretado entre el monte y el río, se recorre a pie sin prisa por callejas encaladas. Sobre la antigua mezquita se levanta la iglesia de la Virgen de los Ángeles, de los siglos XV y XVI. Y en agosto es posible que se tope uno con La Enramá o Las Cruces, las dos fiestas más arraigadas del pueblo.

La ruta estrella: los puentes colgantes

Es el motivo por el que la mayoría llega hasta aquí, y merece la fama. La Ruta de los Puentes Colgantes —también llamada de los Pantaneros, porque era el camino que seguían los obreros que construyeron la presa de Loriguilla para llegar a ella desde Chulilla— se adentra en el cañón por lo alto del tajo, con las paredes verticales a un lado y el río al fondo, y cruza el desfiladero por dos puentes suspendidos entre roca y roca. El primero mide veintiún metros de largo y cuelga a quince de altura, en un punto donde el agua ocupa casi todo el espacio entre las dos paredes.

Es fácil y apta para ir con niños, aunque conviene tener presente lo práctico: hay control de aforo todos los días y se cobra una ecotasa simbólica de un euro para el mantenimiento del paraje. En los puentes solo pueden pasar unas pocas personas a la vez, así que en día de mucha afluencia hay que armarse de paciencia.

El Charco Azul

A los pies del pueblo, en el fondo del cañón, está el otro imprescindible. El Charco Azul es un embalse pequeño de aguas verde esmeralda encajonado entre murallas de más de cien metros, atravesado por una pasarela de madera que se mete en el agua. Pese al nombre, no es un capricho de la naturaleza: es un azud que los árabes levantaron aprovechando el estrechamiento de la hoz para derivar el agua de riego hacia las huertas del valle. Sigue haciendo su trabajo ocho siglos después. Se llega bajando desde la plaza de la Baronía por el sendero señalizado, y en verano es zona de baño —con las mismas advertencias de masificación que el resto.

Escalada de categoría mundial

Aunque uno no escale, conviene saber por qué esas paredes suelen estar salpicadas de puntos de colores. Chulilla es uno de los mejores destinos de escalada deportiva de España y un nombre conocido en todo el mundo: más de mil trescientas vías repartidas en más de medio centenar de sectores, sobre caliza naranja excelente, con grados que van del tercero al 8c+ y largos que superan con holgura los treinta metros. Su clima suave la convierte en refugio de invierno para escaladores de medio planeta y en plan B cuando el mal tiempo cierra Siurana, Margalef u Oliana. En Navidad y Semana Santa se llena.

El balneario

A cuatro kilómetros del pueblo, junto al río y bajo una alameda de árboles centenarios, está el Balneario de Fuencaliente, uno de los principales establecimientos termales de la Comunidad Valenciana. Sus aguas, sulfatadas cálcicas, brotan a una temperatura constante de veintitrés grados y se conocen desde el siglo XIX por sus efectos sobre afecciones reumáticas, respiratorias y de la piel. Es el complemento lógico de un día de cañón: la cocina serrana de sus restaurantes y unas horas de agua caliente para las piernas.

Lo práctico

Dónde. En la comarca de Los Serranos, a unos 60 km de València, algo menos de una hora. Se llega por la A-3 y la CV-35 / CV-395, o por la A-3 vía Requena y Sot de Chera.

Cuándo. Entre semana y a primera hora. En verano, evitar el mediodía: el cañón es un horno y la afluencia, máxima en fines de semana y festivos.

Aparcar. En el parking público a la salida del pueblo (urbanización Santa Bárbara); desde ahí, unos 500 metros a pie hasta el inicio de la ruta.

Ecotasa. Un euro por persona para acceder a los Puentes Colgantes, todos los días, con control de aforo.

Calzado. De montaña. Buena parte del recorrido va por sendero, y las pasaderas del río a veces amanecen inundadas tras las lluvias.