A veinte minutos del atasco de agosto, la villa que fue cabeza del corregimiento de las diecisiete villas conserva una de las plazas mayores más completas del Renacimiento civil español. Casi nadie toma la salida.
Hay una liturgia de agosto que todos reconocemos: salir de Madrid antes de que amanezca, enfilar la A-3 o la AP-36 y atravesar Castilla-La Mancha como quien recorre un pasillo, con la vista puesta en el kilómetro en que empieza a oler a mar. Desde el carril izquierdo, la llanura es una sucesión monótona de viñas, girasoles y áreas de servicio. Y sin embargo, en ese pasillo hay una puerta que casi nadie abre.
San Clemente está exactamente en el punto donde el tráfico de verano se cruza consigo mismo: en el enlace de la AP-36 con la A-43 y a menos de treinta kilómetros de la A-3. No es una casualidad menor. La propia Dirección General de Tráfico sitúa la villa en los itinerarios alternativos que recomienda en las operaciones de retorno hacia Madrid desde Valencia, Alicante y Murcia. Miles de conductores pasan cada verano a diez minutos de un conjunto histórico declarado en 1980 y con dos monumentos con la categoría de Bien de Interés Cultural. Casi ninguno se detiene.
Merece la pena hacerlo. Con dos horas basta.
La pequeña corte de La Mancha
San Clemente recibió el título de villa en 1445 de manos de Juan Pacheco, marqués de Villena y maestre de Santiago. Su apoyo posterior a los Reyes Católicos le valió la incorporación a la Corona de Castilla y la concesión de un mercado franco, y con ella siglo y medio largo de prosperidad que hoy sigue en pie, tallada en piedra. Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, fue señora de la villa. Los hidalgos que quisieron vivir cerca del poder levantaron aquí sus casas blasonadas y sus conventos, y la villa se ganó el apodo de pequeña corte manchega.
Lo que explica esa acumulación de piedra noble no es el comercio ni la agricultura: es la jurisdicción. San Clemente fue sede de la gobernación de lo reducido del Marquesado de Villena, y cuando en 1586 la gobernación se dividió en dos corregimientos, uno de ellos —el llamado partido de las diecisiete villas— quedó encabezado por San Clemente, mientras el otro se asentaba en Chinchilla. El corregidor y alcalde mayor de la villa figuraba en las relaciones de la época como cabeza de partido y juez de alzadas: aquí se apelaba. Cinco siglos y varias reformas de planta judicial después, San Clemente sigue siendo cabeza de partido judicial.
Para quien vive de los papeles, hay un dato que dice más que cualquier folleto: el archivo histórico municipal, alojado en la propia casa consistorial, conserva —además del fondo de ayuntamiento— treinta y una cajas de la sección de Escribanías y ciento setenta y dos de la sección de Corregimiento, con documentación que arranca en el siglo XIV. Un pleito de molinos en el vado del Fresno, un reparto de soldados, una comisión por fraude en la venta de trigo. La vida de un partido judicial del Antiguo Régimen, caja a caja.
Dos horas a pie
Todo empieza y casi todo termina en la Plaza Mayor. En uno de sus lados se levanta la antigua casa consistorial del siglo XVI, obra de Domingo de Zaldivi: planta rectangular, dos alturas, siete arcos de medio punto en la fachada, el escudo del emperador presidiendo el conjunto heráldico y una torre lateral rematada por espadaña que allí llaman la torre del toril. Es uno de los paradigmas del Renacimiento civil manchego y BIC desde 1992. Dentro funcionan hoy el archivo histórico, la oficina de turismo y el Museo de Obra Gráfica de la Fundación Antonio Pérez, uno de los pocos museos españoles dedicados en exclusiva a la estampa contemporánea, con más de un millar de piezas y entrada gratuita.
Enfrente, con sus muros rojizos y su torre robusta, está la iglesia de Santiago Apóstol, el otro BIC, donde conviven el gótico, el Renacimiento y el barroco. En una de sus capillas se guarda la Cruz de Alabastro: cerca de tres metros, finales del siglo XV, factura gótico-flamenca, autor desconocido, quizá alguno de los maestros que trabajaron por entonces en la catedral de Cuenca. Es la pieza que justifica por sí sola la parada.
Uniendo la iglesia con el ayuntamiento actual se abre el llamado Arco Romano, que de romano no tiene nada: es barroco del siglo XVII, y el nombre es una de esas licencias que el uso acaba consagrando. Da paso a una plaza tranquila donde están el Pósito, el depósito municipal de grano, y la antigua cárcel.
Después conviene perderse. Las calles estrechas y empedradas del casco llevan hasta la Torre Vieja, anterior a 1445 y la construcción más antigua del pueblo, levantada para vigilancia militar y hoy sede de un museo etnográfico de labranza. Desde arriba se ve la llanura entera. Si queda tiempo, el puente romano sobre el río Rus, de tres ojos de sillería, recuerda que por aquí pasaba la calzada que unía Segóbriga con Carthago Nova; de ella se conserva también un miliario.
Nueve kilómetros más: Rus
A nueve kilómetros del casco, entre pinos, está el santuario de la Virgen de Rus, patrona de la villa y primer asentamiento de sus pobladores antes del traslado al emplazamiento actual. Es un remanso verde en mitad de la planicie y el mejor sitio de la comarca para estirar las piernas y comer a la sombra.
Su romería, declarada de interés turístico regional, reúne cada primavera a más de quince mil personas y se documenta desde hace cuatro siglos y medio: la Venida de la Virgen el segundo domingo de Pascua y el Día de Rus el lunes de Pentecostés, cuando las imágenes regresan cada una a su sitio. En el año 2000 la Virgen de Rus fue nombrada alcaldesa perpetua y honoraria de San Clemente, distinción que a más de un administrativista le dará materia de conversación durante los kilómetros siguientes. Quien pase en agosto encontrará la feria y fiestas en torno al 19, y una romería que sale de madrugada hacia el santuario el día 15.
La mesa
La cocina de San Clemente es manchega sin concesiones: gazpacho manchego, duelos y quebrantos, migas de pastor, morteruelo, gachas y cordero. En la villa se elaboran vinos, quesos, embutidos y dulces artesanales, y hay cooperativa que se puede visitar. La bebida local del verano es la cuerva, tinto con azúcar y fruta, que se sirve fría y se bebe con más facilidad de la que conviene a quien todavía tiene doscientos kilómetros por delante.
Lo práctico
Dónde. Cruce de la AP-36 con la A-43, a menos de 30 km de la A-3. A 102 km de Cuenca, unos 80 de Albacete y 23 de Villarrobledo, que es la estación de tren más cercana.
Cuándo. A 819 metros de altitud, la llanura a mediodía en agosto es un horno. Primera hora de la mañana o a partir de las siete de la tarde.
Aparcar. Fuera del casco. Las calles del centro son estrechas y empedradas, y el conjunto se recorre entero a pie.
Peaje. La AP-36 no cobra entre las 00:00 y las 06:00, dato útil para quien viaja de noche.
Información. Oficina de turismo en la propia Plaza Mayor, en el espacio de la antigua casa consistorial conocido como El Toril.
Coda
Hay una ironía en todo esto. San Clemente fue importante porque estaba en el camino: el camino traía el mercado, el mercado traía a los hidalgos y la jurisdicción traía los pleitos, los escribanos y los abogados. Cuatro siglos después el camino sigue pasando por delante, más ancho y más rápido que nunca, y precisamente por eso ya no se detiene nadie.
La autovía ha convertido a media Castilla en un pasillo. Basta con tomar una salida para comprobar que, a un kilómetro del asfalto, sigue habiendo una plaza mayor esperando.
